Y gracias a ver esta foto, he podido ver esta carta escrita por un "par de primos" a los miembros del tribunal del certamen...
La copio y pego.
Carta a los miembros del Tribunal del Certamen Nacional de Fotoperiodismo:
Señorías, disculpen nuestra ignorancia machacona y proletaria pero no queríamos -mi primo y yo- pasar la oportunidad de decirles, así, en mal romance, que aquí ni vemos arte ni vemos ná, ni vemos foto, ni vemos perio, ni vemos dismo. Un buen flash sí vemos, un buen píxel, también, resolución, uy, mucha ¿de cuántos megas estamos hablando? ¿Formato RAW? Sí, debe ser, por esos brillos dice mi primo que el formato no puede ser otro, que ahí hay calidá, de la güena.
Me preguntaba, mi primo y yo nos preguntábamos, si esta foto la han hecho para una postal, para un anuncio de ropa de tallas mínimas, para dar una lección a las anoréxicas histéricas o para ponerla en un museo, para colgarla en el salón de casa o, como sería lo más lógico, para llevársela al muchacho del posado y decirle mira, tío, chavalín, este eres tú, se te ve de lo más favorecido Miguel o Juan o Amid o Sherma o como te llames.
Me preguntaba, mi primo y yo nos preguntábamos, si finalmente será la foto que Miguel o Juan o Amid o Sherma o como se llame colgará esta tarde en su Facebook africano con su wifi africano para compartir con los putos muertos de hambre africanos de mierda amigos suyos, esos que no, que ya le jode a él pero que no tienen foto. Todos sin foto, pero Miguel o Juan o Amid o Sherma, sí. El sí tiene. Una foto de perfil.
Me preguntaba, mi primo y yo nos preguntábamos, si es que va a ser que al final el hambre en el mundo resulta que es un invento de los museos, porque sin museos de fotoperiodismo no hay quien viva. Claro. Necesitamos esta foto. La necesitamos, no podemos vivir sin ella. Pero, me pregunto, mi primo y yo nos preguntamos, ¿por qué está tan bien hecha? ¿Por qué tiene tanta calidad? ¿Por qué a mí me tiembla el pulso, y a mi primo, no digamos… por qué, entonces, nos salen las personas con los ojos rojos o movidas y a este no, a este no le tiembla el pulso cuando dispara? Debe ser que por el pulso de hierro, enhiesto, fue que le dieron el premio.
Me preguntaba, mi primo y yo nos preguntábamos, claro, sí, porque en mi familia somos mucho de hacernos preguntas, señorías, miembros. Somos un poco peleles y eso, pero tiramos de preguntas a la buena de dios y con lo puesto. Me preguntaba, nos preguntábamos, digo, decía, que si la función de la foto es remover nuestras conciencias. Ya de por sí removidas, turbulentas, como colacao con grumos. O algo. Me preguntaba, nos preguntábamos, si esta foto está ahí para que mi primo y yo, es un poner, pensemos que otros están peor que nosotros y que no deberíamos quejarnos, mi primo y yo, ustedes saben, que somos de quejarnos mucho, a todas horas. Todas las horas del paro. Me preguntaba. Me preguntaba, nos preguntábamos, no sé… lo que voy a decir quizá sea un disparate, pero se nos ocurría que a lo mejor esta foto suponía, premiada y todo, una amenaza, vamos, que si con esta foto se nos está mandando un mensaje subliminal, una advertencia. O algo, o algo, o algo. ¿Qué se denuncia cuando se denuncia? Esta foto, por ejemplo, ¿qué denuncia?, ¿qué es lo que demonios tiene que decirnos? Y, sobre todo, ¿a quién va dirigida? Hablando en plata, en aluminio: esta foto pa quién es, y pa qué.
Me preguntaba, mi primo y yo nos preguntábamos, si con esta foto hoy la pobreza no es más amable, más estética, más lejana y seductora, más glamorosa, más estilizada y cool, con brillo, más épica y heroica, más lírica y bohemia, más alfombra roja. Nos preguntábamos si con esta foto no nos entraban a nosotros también unas ganas tremendas, irrefrenables, plurales, de pasar un poco de hambre también, siquiera para que alguien con ese pulso -¡menudo pulso!- venga y nos bautice con su click de dos mil dólares y no le tiemblen las manos. No le tiemblen delante de mi primo y de mí, sin bronceado, paliduchos, algo insomnes, sin flashes, con los ojos rojos, sin afeitar. Porque el hambre, la delgadez extrema, todo eso, ya vemos que tiene su puntito ou yeah, su puntito fashion, sin víctima. La pobreza es importante, y se viste de píxel, de primeras marcas, de Premio Nacional.
Me preguntaba, mi primo y yo nos preguntábamos, si esta foto tiene algo que ver con Jesús Vázquez o con Shakira, que lo mismo nos venden el champán por navidades o la línea de teléfono, que una camiseta con el lema: SALVEMOS ÁFRICA. Y me pregunto, nos preguntamos que, a ver, ¿de quién, de qué garras manos hay que salvar África si no son de esas suyas? Manos fotoperiodísticas, bien pensantes, solidarias. Manos Canon, Nikon manos, Leica manos. Manos de Jazztel o Waka Waka.
Y es que, para ir al grano, mi primo y yo, señores, señoras, señorías, preferimos fotos de banqueros, de banqueras, de gente con la tripa llena, rellenita, llena también, a rebosar, con el tiempo holgado del ocio, con el bañador dulce y gabarra lanzándose a la piscina sin cloro de la propiedad privada. Queremos también, ya puestos, una foto, ¿por qué no?, de esas manos, las nuestras, firmando un contrato, un préstamo, la hipoteca. Veinte megapíxeles de foto. A dos por dos metros, tamaño pared. Ahí, partiendo la madre.
Y, por último, me preguntaba, mi primo y yo nos preguntábamos, que si esto es arte o fotoperiodismo o ciencia escénica o teatro, ¿para cuándo, a ver, para cuándo un premio para la mejor foto pederasta? Eh, una buena foto, así, como la premiada, de composición impecable, sin flecos, con un contraste de luces y sombras más que correcto en la que aparezca un negro, quinceañero, todo piel y voluntad con una buena polla adulta y blanca estallándole de placer en su boca hambrienta y ávida. Y es que mi primo y yo no vemos la diferencia. Pasar hambre, comer pollas, chupar culos. La misma mierda.
Reciban un cordial saludo. O dos.
Firmado:
Mi primo y yo.












